Queridos amigos,
Como les dije en mi nota anterior “ La compasión nos decia el Dalai Lama es la “capacidad de sentirnos próximos al dolor de los demás y la voluntad de aliviar sus penas, pero a menudo somos incapaces de llevar a la práctica lo que nos proponemos, y esa hermosa palabra muere sin haber dado sus frutos.” Creo que en nuestro Centro la estamos cultivando a cada momento y si todos tratamos vamos a dar una demostración que este más viva que nunca. Por está razón todas las historias hasta fin de año van a tener este mensaje y esta tiene que ver con una gran reflexión del perdón”
Los quiere Liliana
Las tortugas que perdonaban
Por Keegan Cort
Había una vez un chico que vivía en la campiña. Era de buen corazón y tenía buenas intenciones pero como todos estaba propenso a cometer errores. En el jardín de su casa, habitaba una familia de tortugas de caja y unos huevos que estaban listos para incubar. El padre era una tortuga grande, el líder de la familia, y tan grande como físicamente era, su corazón era incluso más grande. Era muy amable y solía perdonar incluso la más grande de las afrentas.
Un día el muchacho estaba caminando y tropieza con el papá tortuga quien recolectaba alimento para la mamá tortuga quien estaba débil después de poner sus huevos. El muchacho lo miró y decidió que sería divertido saltar sobre la tortuga. De inmediato se subió encima de él y no se percató que el papá tortuga le suplicaba que se bajara. Al oírlo, el chico se dio cuenta que lo había lastimado, y que la caparazón del papá tortuga se había agrietado. Entonces el muchacho supo que él había hecho algo malo y tímidamente dijo que lo sentía. Esperó que el papá tortuga se enojara con él pero por el contrario lo perdonó y le dijo que olvidara que alguna vez esto sucedió. El papá tortuga incluso ofreció amablemente al muchacho uno de los gusanos que había cogido para que se fuera a pescar. El muchacho se marchó con el almuerzo de papá tortuga como cebo mientras éste volvía donde la mamá tortuga para alimentarla con el único gusano que le quedaba. Ahora él no tenía nada para comer, así que se sintió muy débil al día siguiente cuando partió a buscar alimento para él y la mamá tortuga.
Encontró dos gusanos, uno le dio fielmente a la mamá tortuga y otro se lo comió él mismo. La mamá tortuga tenía malas noticias. Ella contó que mientras dormía, el muchacho había tomado todos los huevos excepto uno y los había lanzado contra una pared sin darse cuenta que eran huevos de tortuga puesto que él asumía que se trataban de huevos de gallina caídos de la bolsa de su madre de regreso del mercado. La mamá tortuga lloraba pero aún así daba gracias por el huevo que le quedaba. Cuando el muchacho se enteró que su mamá no había ido al mercado, se dio cuenta que los huevos eran de tortuga. Se dirigió con una lechuga como regalo donde ellos, lloró y se disculpó. Él no esperaba más que un gracias pero papá tortuga rehusó cortésmente el regalo y más bien perdonó al muchacho y le entregó una moneda de 25 centavos que había encontrado en el jardín. Una vez más, el muchacho se sorprendió por la generosidad y el perdón del papá tortuga.
Al siguiente día el muchacho estaba muy molesto con su mamá y salió al jardín pateando todo lo que encontrara a su paso. En aquel momento, el papá tortuga buscaba 3 gusanos porque el bebé tortuga había ya nacido, y todo marchaba bien con la familia. Entonces el papá tortuga divisó al muchacho pisoteando todo enfrente de él, y éste no vio a la tortuga cuando su pie cayó con fuerza sobre él causándole la muerte.
Si su caparazón no hubiera estado agrietado, y el muchacho lo sabía, nada le hubiera pasado. El joven se sintió muy triste, lloró por la tortuga, y llevó sus restos donde su familia. Todos estaban muy apenados y lloraron por su pérdida, y el muchacho dijo que lo sentía muchas veces. Pero a pesar de que la mamá tortuga estaba tan triste, ella sabía que lo correcto era perdonar al muchacho. Así lo hizo y una vez más el joven se sintió abrumado por la generosidad de esta familia. ¡Ellos lo habían perdonado! Él se dio cuenta que las tortugas habían sufrido una gran pérdida por causa de él, de modo que ofreció cuidar de ellos, lo que aceptó la mamá tortuga porque de otra manera habrían muerto de hambre.
Por muchos años el muchacho cuidó de ellos, la mamá tortuga se debilitaba mientras el hijo se fortalecía cada vez más. Un día mientras el muchacho recolectaba grillos para ellos, la mamá tortuga entró en un largo y pacífico sueño del cual no despertó. El muchacho y la tortuga joven se sintieron muy tristes pero sabían que ella había vivido una vida larga y buena.
La tortuga era ahora bastante fuerte para vivir independientemente, de modo que ambos decidieron separarse. Dos años habían transcurrido desde su apartamiento y el joven se disponía a partir para averiguar lo que el mundo le depararía fuera de su campiña. Mientras decía adios vio a la tortuga joven cerca de su auto, se acercó a él pero entonces se percató que la tortuga se había comido todo el dinero que tenía en la cartera. La tortuga se sintió molesto consigo mismo y se disculpó ante el joven. Después de todas sus experiencias con tortugas, él sabía lo que era mejor hacer, así que perdonó a la tortuga. Ahora él sabía lo que era el perdón y por el resto de su vida siempre perdonó a la gente.